Covid20: vida comunitaria

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Para mí, Covid20 es la abreviatura de vida comunitaria.

Nunca antes una sociedad, prácticamente entera, se ha visto obligada a romper sus costumbres de vida a tal velocidad. Hemos tenido que confinarnos y romper con un ritmo frenético. Nos habíamos acostumbrado a una triste soledad compartida que ha conseguido hacer mella en nuestra salud emocional y mental. No nos permitía estar en silencio con nosotros mismos porque se producía un eco atronador de vacío, ahora no tenemos otro remedio que redefinir nuestro espacio interior.

Habituados a llenar las horas con multitud de actividades y tareas, trasportándonos como “pollos descabezados” de un lugar a otro, nos hemos visto obligados a parar en seco, a estar con nosotros mismos o con los más allegados. No podemos evitarlo, nuestro cerebro comienza a reflexionar sobre múltiples temas.

Venimos de un modelo de vida individualista que no personalista y, de repente, redescubrimos que somos una gran red dependiente los unos de los otros para salir adelante. Estamos teniendo que poner en valor los conceptos de corresponsabilidad y de interdependencia. Volvemos a replantearnos la idea de familia y de convivencia.

Estábamos orgullosos de nuestros hallazgos tecnológicos para la comunicación y la docencia, que no deja de ser un oficio en el que le comunicamos a las nuevas generaciones el conocimiento que nuestra cultura y la de los que nos precedieron hemos ido atesorando para que la siguiente generación pueda subirse en ellos para ir más lejos, más alto y de mejor manera que los anteriores.

Nos hemos visto obligados a redefinir el valor de las redes ya que no estábamos preparados para introducir esas tecnologías en nuestra vida en toda su extensión. Parte de nosotros sí lo estaba, pero para que algo sea eficaz en estas circunstancias debe pertenecer a toda la sociedad. De nada sirve una red de comunicación si muchos miembros de ella están descolgados por motivos económicos o de conocimiento; esta forma de red siempre tendrá agujeros.

Esas tecnologías que habían sido demonizadas en la Escuela y por las que habíamos dejado deambular en soledad a nuestros nativos digitales, bajo simulacro de aceptarlas en forma de TICs (tecnologías de información y comunicación), que en muchos casos se limitaba a una excursión semanal a un aula cerrada con llave que solo se abría para ciertos menesteres, mientras nuestros alumnos se reían apretando su dispositivo personal en el bolsillo que, por supuesto la Escuela, las Autoridades comunitarias o nacionales, prohibían.

De repente la hecatombe, todos a casa y la Escuela tiembla, se contrae, se convulsiona y le cuesta recordar que una escuela no es un edificio sino una COMUNIDAD. Apenas comenzábamos a trabajar en los Institutos y Universidades en un concepto innovador, que no nuevo, APS (aprendizaje y servicio). Poner nuestros conocimientos al servicio de la comunidad y que ésta nos ayude a crecer como personas y como miembros de ella, a aprender y “aprehender” para crecer.

Para generar una enseñanza y una comunicación on-line, hace falta una plataforma potente que pueda alcanzar a todos sin colapsarse. Unos alumnos que posean los dispositivos y los conocimientos necesarios para manejarse, pero también unos docentes preparados para generar contenidos desde estos soportes y sean hábiles en su manejo y capaces de descolgarse de esa plataforma con su propia creatividad, para no paralizarla por exceso de uso.

Todos los días salimos a los balcones, en parte para agradecer a los colectivos que nos estaban cuidando, pero en parte para descubrir que en ellos había otros seres humanos, para reforzar nuestra sensación de formar parte de algo, el aislamiento es contrario a nuestra naturaleza mamífera, hemos sobrevivido históricamente porque hemos colaborado, porque hemos sido capaces de practicar la compasión, el altruismo y la empatía.

Todos los conceptos anteriores hacen referencia, no solo a nuestras facultades racionales y tecnológicas, sino que apuntan a las emocionales, esa es la dimensión menos atendida por la Escuela con mayúscula, en los últimos años. Al igual que nuestro vehículo natural de enseñanza-aprendizaje: “el juego” se deja de practicar demasiado pronto, aún a pesar de que sabemos que es uno de los vehículos más motivadores para aprender.

Socialmente hemos desarrollado una creencia limitante que dice que, al hacernos mayores, hemos de convertirnos en personas serias y dejar de jugar. Allí quedan atrapados multitud de Peter Panes que harían de nuestro mundo una sociedad más creativa y feliz. También quedan atrapadas personas que siguen jugando, eso sí, con culpabilidad a juegos de adultos, los juegos de la vergüenza y la adicción.

Creo que este virus ha venido a darnos un toque de atención para que reparemos en muchas cosas y las reparemos. Nunca olvidaré un letrero pintado en la pared de un politécnico que rezaba así: “aquí es donde venimos a que maten nuestros sueños” ¿Es esto en verdad la Escuela?
-yo me sigo negando ello, no consiguió matar los míos aunque de veras lo intentó y pienso que si no aprovecho todo lo que aprendí que no se debía hacer con un niño para que no vuelva a ocurrir, es que no soy digna de la palabra más hermosa para mí Maestr@.

ALICIA TORRES LIROLA

(Pedagoga con Posgrado en Neuropsicología del Aprendizaje y las Emociones por la UCM)

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