¿QUIENES CUENTAN CUENTOS A MIS PADRES? POR ANTONIO ORTUÑO TERRIZA

Este libro de cuentos es un excelente punto de partida para reflexionar sobre nuestro rol educativo. Su autor es Antonio Ortuño Terriza, psicólogo con una amplia trayectoria ayudando a niños, jóvenes y sus familias. En esta obra presenta una serie de relatos cortos para guiar a padres en su labor. Tras leer varias historias, no he podido evitar sumergirme en mis propias experiencias como profesor. Por este motivo, os traigo uno de sus cuentos a este blog (con permiso del autor). Espero que os guste.

 

El termómetro del apego

Cuenta la leyenda que en un recóndito lugar existía una mujer que detectaba el apego, el vínculo afectivo que recibe cada niño y cada niña en el seno de su familia. Esa mujer tenía legitimidad para defender los derechos de los niños, velar para que se atendieran sus necesidades, para que el escenario educativo estuviera plagado de amor y control respetuoso, para que los niños estuvieran vinculados emocionalmente a sus padres y pudieran sentir esa maravillosa sensación que alberga nuestro cuerpo al sentirnos acompañados.

 

El sistema era sencillo. Colocaba un termómetro dentro de la casa, y medía la temperatura del ambiente. Lo que que medía exactamente era el grado de seguridad, de vínculo afectivo recibido de sus cuidadores principales. Se llamaba termómetro del apego. Al instalar el termómetro en cada casa, podía pasar tres cosas: que marcara fiebre, hipotermia o temperatura adecuada.

 

La fiebre del apego aparece cuando el termómetro marcaba más de 37 grados de temperatura. Esto quiere decir que los adultos se exceden en apego, sobre-protegiendo a su hijo, generando dependencias innecesarias, alimentando la inseguridad en todo momento, muchas veces sin intención alguna. En ese hogar se pretende que los adultos sean exclusivos e imprescindibles en todo momento. No saben o no quieren delegar, ya que les satisface atender todas las necesidades de sus hijos. Se preocupan demasiado, ejerciendo excesivo control sobre sus hijos, con la de que sin riesgos la vida es mejor. Les cuesta manejar sus preocupaciones, se las contagian también a los niños. Necesitan que su hijo los necesite.

 

Cuando el termómetro no llega a los 36 grados de temperatura aparece la hipotermia del apego. Aquí  el niño siente al adulto como inaccesible, imprevisible, ausente e indiferente. No siente que se responde de forma adecuada a sus demandas, generando desconfianza e inseguridad. El niño no se siente atendido, ni entendido, ni querido. No hay acompañamiento estable.

 

Y el tercer caso que se puede dar es la temperatura adecuada: los padres saben adaptarse a las necesidades de sus hijos en las diferentes fases del desarrollo. Los niños se sienten aceptados incondicionalmente, el ambiente está cargado de confianza y respeto. Son personas adultas que aportan seguridad, credibilidad, coherencia, y que saben que, el mantener esta temperatura sana, no tiene caducidad. Son conscientes de que el apego debe existir siempre en la relación del niño con sus adultos significativos. Saben que se trata de ese abrigo que proporciona sosiego. De esa mano que está ahí para ayudarte a cruzar el río. Que la puedes tomar, si temes resbalar, o no tomar, si decides poner a prueba tus capacidades.

 

Esta mujer sabía perfectamente que era difícil mantener una temperatura fija en cada hogar, ya que va fluctuando dependiendo de muchos factores. Por eso, debía ir cada cierto tiempo a cada casa para medirla. Si fuera esa mujer a tu hogar ¿qué temperatura darías?

 

Bibliografía: Ortuño Terriza, Antonio (2015): ¿Quién cuenta cuentos a mis padres?, Madrid: Letras de autor, pp. 25-28.

¡GRACIAS POR LEERNOS!