MI MUNDO A RAS DE SUELO

Habitualmente cuando llega un bebe a una familia, de antemano, se  piensa en  quien va  a hacerse cargo en esa horas en las que papá y mamá trabajan e incluso quien lo va a cuidar cuando se pone malito/a, en fin verdaderas artimañas porque resulta complicado conciliar familia y trabajo.

En el momento en  que vivimos, las prisas y las necesidades económicas en las que estamos envueltos a veces, marcan nuestra rutina diaria, sin dudarlo el entorno familiar es el más favorecedor de aprendizajes para estas  edades, como primer núcleo social al que llegan nuestros peques.

Teniendo esto en cuenta y partiendo de la base de que los niños y niñas no deberían asistir tan pronto a la escuela, creo que debemos cambiar la mirada; veamos la escuela como lo que es: una institución con carácter propio, compensadora de desigualdades, y en la que  acompañemos a los/las niños/as en  los aprendizajes más importantes para su vida (como son por ejemplo: caminar, comer, hablar, socializarse…)

No todo vale, no podemos olvidar el carácter educativo en todo lo que hacemos, no basta con tener un aula y un patio, ni que el educador sea un mero espectador, no basta con limpiar mocos,  poner zapatos y cambiar pañales. Hay que cuidar el espacio, con ausencia de estímulos, llevar a cabo las rutinas diarias  y sobre todo hay que acompañar  al niño con cariño y con delicadeza acercándonos a su mundo desde la alfombra, mirando con sus ojos y tocando con sus manos, así estableceremos los lazos afectivos que ayudan a crecer felices.

Por ello y desde mi posición como educadora, nuestra labor debe girar ante todo en base a su bienestar y respeto ofreciendo un ambiente seguro donde se favorezcan las experiencias de aprendizaje, a través de vínculos afectivos, y la regulación progresiva de la expresión de sentimientos y emociones.

¡GRACIAS POR LEERNOS!